Guantánamo, los campamentos de verano.
No hay nada que de niño deplorara tanto como los campamentos de verano. Era terrible. Es algo que nunca le he perdonado a mi madre. La estética hippy y el concepto paramilitar. Las siniestras cantinas y sus gastronomías de orfanato. Los sacos de dormir, los monitores de aspecto poco aseado, de estrambóticas ideas y con un muy pronunciado sentido de la temeridad.
Las "colonias" o los "campamentos" o las "acampadas" son maneras muy poco responsables de aparcar a tu hijo. Es una frivolidad confiarle a un chico de 18 o de 20 años la integridad de una criatura de 5 o de 9. Además, ninguna idea de la civilización culta y ordenada progresa en estos campamentos de verano: ningunas maneras sociales, ningún refinamiento, ningún deseo de mundo mejor.
Ser padres es una totalidad. Somos responsables de la seguridad de nuestros hijos y también de su sistema de fascinaciones. Si el premio para tu hijo es una acampada o una bicicleta, esto es lo que esperará del mundo, y en este tipo de ambientes es donde siempre será feliz y donde siempre querrá volver.
Somos responsables del sistema de fascinaciones de nuestros hijos. Si les llevamos a campamentos se acostumbrarán a la manera de vivir y de relacionarse que en los campamentos se propaga. Se acostumbrarán a la estética del cámping y del vaso de plástico.
Ser padres es también saber educar en sentido del ocio de tus hijos durante las vacaciones. Ser padre es saberle mostrar el mundo y sus maravillas, para que lo antes posible tu hijo entienda para qué tiene que luchar por ganarse la vida. Hay que hacer el esfuerzo de mostrarles a los niños todas las maravillas. No para atiborrarlos de lujo como animalillos consentidos sino para que sepan que existen y para que las aprendan a buscar y a conseguir. De eso se trata vivir.
La experiencia de los campamentos, de las colonias o de los “caus” -tan dramáticamente populares en Cataluña- tiene como fin de trayecto una moral 15-M, y su estética. Tal vez haya padres que con eso se sientan satisfechos, y naturalmente tienen derecho a educar a sus hijos como juzguen conveniente.
Pero yo espero algo más de la vida, francamente, algo más serio y más bello, más estructurado y convincente. Espero algo más tenso y trascendente. No pienso llevar jamás a mi hija a uno de estos campamentos si no es como un castigo. No quiero que se piense que es normal cenar con manteles de plástico o servilletas de papel, no quiero que vea razonable la estética de los shorts y de las bambas.
No creo que la convivencia que se fomenta en este tipo de campamentos sea la más adecuada, ni pienso que lo que se valore de la personalidad de cada cual sean rasgos que a una persona de orden le puedan parecer aceptables. Somos responsables del sistema de fascinaciones de nuestros hijos. Tenemos que enseñarles las maravillas para que aspiren a ellas, y no una tienda de campaña o un saco de dormir para que aprendan, ya de bien pequeños, a conformarse con nada.
Las vacaciones que tienen los niños son excesivas y podrían estudiar un poco más y un poco mejor, en lugar de perder el tiempo –y a veces hasta la vida- en un tipo de actividad tan simple y automática. Con menos vacaciones tal vez aprenderían algo más de lo que aprenden ahora y podrían llegar a la universidad sin ser tan ignorantes.
Si durante las vacaciones que tuvieran, de como mucho un mes, sus padres se ocuparan de educarles en lugar de abandonarles en campamentos y otras casas, seguro que además llegarían a adultos con mucha más autoexigencia y muchas más ganas de comerse el mundo, porque ya sabrían desde hace tiempo lo bueno que está.
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